Desiertos, los infiernos de la Tierra – Los desiertos de la Tierra

Desiertos, los infiernos de la Tierra

Llegan hasta el infinito, poblados por espejismos y por la terca esperanza de que milagrosamente éstos se hagan realidad. Son tan fascinantes como sus oasis imaginarios y tan amenazadores como sus tormentas de arena. Los desiertos se extienden por millones de kilómetros cuadrados en los más diversos lugares del globo. En algunos jamás llueve; en otros, si cae un poco de agua el intensísimo calor la evapora de inmediato y la tierra sigue tan sedienta como antes. Sahara, Gobi, Victoria, Mojave, Atacama son algunos de los nombres legendarios de estos territorios. Ya conforman la tercera parte de las tierras emergidas del planeta y avanzan inmisericordes, con la ayuda humana, sobre el resto de las zonas fértiles.
A los geólogos no les resultó fácil definir con precisión qué es un desierto. Finalmente, llegaron a la conclusión de que debían ser llamadas así !as regiones donde caen menos de 25O milímetros de agua por año. Aunque con una salvedad: hay zonas donde llueve más pero el calor evapora el líquido tan rápido que el suelo permanece completamente árido. Y si bien la imagen que convocan alude a tierras calcinadas por soles implacables, muchos desiertos están más al norteo más al surde los trópicos y las temperaturas diurnas (la noche es fría aún en los desiertos más cálidos) son bajas, como ocurre en el Asia central o en la Patagonia.
Otro marcado contraste los caracteriza: en las rocas peladas, las estepas o las dunas ardientes de lo que parecen infiernos inhabitables se manifiesta la increíble capacidad de la vida para adaptarse a las condiciones más inhóspitas. Lagartos y guanacos, tortugas y ardillas, hormigas, escorpiones y el orejudo fenec, un pequeño zorro del Sahara que sale de su guarida sólo por la noche, integran, junto al clásico camello, una fauna tan variada como la especializada flora donde reinan indiscutidos los cactos. Y en muchos desiertos el hombre halló la posibilidad de sobrevivir, como lo hicieron los aborígenes australianos, en las estepas semiáridas pobladas de arbustos resecos, o los beduinos de Arabia, cuya única riqueza son los esbeltos dromedarios.
Pero hay desiertos y desiertos. En Arabia, el temible Ar-Rub al-Jali o “región vacía” es el desierto más desierto del mundo. Sólo una vez cada varios meses puede ocurrir el milagro: una ramita verde pálido asoma tímidamente en el costado de una duna varios días después de que la nube pasajera dejó caer un breve chaparrón. Pero durará tan poco como la nube y la sequedad volverá a reinar. Son escasos los beduinos que se aventuran por la “región vacia” y mucho más escasos aún los europeos que se animaron a emprender la travesía. El primero fue el inglés Bertram Thomas, en 1932, y años más tarde su compatriota Wilfred Thesiger, el último de los grandes exploradores, lo atravesó por la parte hasta entonces virgen de toda presencia humana, una hazaña que ya había cumplido anteriormente en los desiertos sudaneses y etíopes.
En sus relatos, Thesiger lleva al lector por travesías apasionantes, plenas de sorpresas y suspenso. Los peligros del desierto son reflejados por el explorador en vividas escenas cargadas de tensión por la cercanía de tribus hostiles, dispuestas siempre al ataque sin cuartel, o en dramáticos pasajes donde pone de relieve las contradictorias cualidades de los beduinos, que sólo son reveladas ante el extraño cuando éste ha logrado transformarse, tras duro esfuerzo, en uno más de la partida.
Africa tiene el Sahara, cuyo nombre es sinónimo de desierto y que opaca a
todos los demás. Pero también se extienden por el continente negro el de Libia, que cubre buena parte de Egipto, y el de Namib, en Namibia, donde la temperatura del suelo puede ascender hasta los 70 grados; debajo de esas arenas se encuentra el mayor yacimiento de diamantes del mundo. Finalmente, el desierto de kalahari, en Botswana, donde viven los pigmeos bosquimanos, un pueblo tan adaptado a la tierra estéril como los esquimales a las heladas desolaciones árticas.
En el Asia, todavía resuenan los ecos de las cabalgaduras de los guerreros de Genghis Khan, que desde las profundidades del misterioso desierto de Gobi, Mongolia, invadieron medio mundo. Es ese mismo Gobi donde, desde hace algunas décadas, los paleontólogos están desenterrando algunos de los mayores yacimientos de dinosaurios fósiles. Otros desiertos asiáticos son el de kara-Kum, al sur del mar de Aral, en Turkmenistán; el de Kavir, en Irán; los de Arabia, que cubren la península sin solución de continuidad; el de Thar, en el noroeste de la India, y la altiplanicie de Takamatían, en la provincia china de Sinkiang, uno de los territorios más secos del mundo.
Australia tiene tres inmensos desiertos. El mayor es el de Victoria, con 647 mil kilómetros cuadrados, al que le siguen el Gran Desierto de Arena y el de Simpson. En ellos sobrevivió durante miles de años la cultura más arcaica del planeta, la de los habitantes del bush, una estepa extremadamente árida donde sólo crecen tímidamente unos arbustos resecos de los cuales los aborígenes obtienen las proteínas necesarias para su alimentación. Porque con animales casi no es posible contar: puede darse por muy satisfecho quien logró cazar dos o tres serpientes a lo largo de todo un año.
Dos regiones de América acaparan los desiertos. Son la parte sudoccidental de los Estados Unidos y el norte de México, donde están los desiertos de Mojave, Sonora y Chihuahua. En América del Sur, las zonas desérticas se concentran a ambos lados de los Andes. En el sur del Perú y el norte de Chile está el desierto de Atacama. Y más al sur, el desierto patagónico cubre una amplia zona de paisajes rocosos desde la cordillera hasta el Atlántico. Pero no es el único: tierras áridas y desiertos de menor envergadura pueblan vastos territorios en otras partes de la Argentina.
En conjunto, la Argentina tiene alrededor de 580 mil kilómetros cuadrados de tierras semiáridas y de territorios plenamente áridos, estos últimos antesalas de una casi siempre inevitable desertización. Si bien en algunas regiones se introducen tímidamente cultivos de plantas aptas para tierras áridas, como la jojoba, el retamo, el algarrobo, el guayule, el cardón y otras, la aridez no deja de avanzar audazmente en Mendoza (donde nada menos que la mitad de su territorio está intensamente erosionado), en todo el Noroeste, en el Chaco y Formosa, en la provincia de Buenos Aires, en Santiago del Estero, en San Luis y en el norte de Córdoba.
Mientras tanto, la Patagonia se ha transformado sin remedio en el frío infierno del fin del mundo. El desierto patagónico es el más extenso del país y de toda América. Se calcula que en total cubre 673 mil kilómetros cuadrados entre zonas plenamente desérticas (40 mil kilómetros cuadrados), áridas (100 mil) y semiáridas.
Las dunas, móviles como olas que se desplazan en cámara lenta, suelen ser la avanzada de la desolación. Pueden asumir formas diversas -estrelladas, longitudinales, nervadas, de media luna- y son consecuencia del movimiento de la arena por obra del viento. Una arena que nunca cesa de aumentar, ya que el viento agrede la superficie de las rocas resecas y desprende de ellas los finos granos que se agregan a la inmensa masa siempre cambiante.
Así como los desiertos no son tierras absolutamente muertas -la vida vegetal siempre reaparece apenas caen unas gotas de agua y, en consecuencia, también se reubica una constelación de organismos animales-, tampoco dejan de ampliarse. Avanzan sin cesar sobre zonas que antes habían sido verdes, empujados en su crecimiento por el uso descuidado de la tierra fértil, las inundaciones, la erosión producida por el viento y la desforestación, para nombrar sólo algunas de las causas, unas naturales y otras generadas por la acción del hombre. Todos los días, en el mundo, 100 kilómetros cuadrados se convierten en territorios áridos. Mañana serán desiertos.

Revista Conozca Mas nº 70, por Julio Orione

En Aprender y Jugar se realizan aportaciones para estudios y juegos, como los siguientes temas relacionados con Desiertos, los infiernos de la Tierra – Los desiertos de la Tierra

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