>El túnel del Tiempo – Conozca mas

>El túnel del Tiempo

La frase “encuentros cercanos del tercer tipo” define el conmocionante contacto entre seres humanos y extraterrestres1 y “el túnel del tiempo” sintetiza el insólito cruce de formas de vida de épocas distintas. Y bien, ambas expresiones pueden aplicarse a lo ocurrido un mediodía de 1988 en pleno Amazonas colombiano, cuando los colonos blancos del pueblo de Calamar vieron salir de la espesura selvática una banda de 43 individuos desnudos y oscuros, con sus caras pintadas y arcos y flechas en las manos. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Qué querían? Los extraños no parecían agresivos, y además lucían más asustados que los mismísimos calamareños. No era para menos: el mundo contemporáneo podía ignorar su milenaria existencia como raza o como tribu, pero ellos, los nukak, jamás habían imaginado o visto a un hombre blanco. ¿O sí?
Una versión no confirmada cita a un agricultor que, extraviado, se topó de pronto con esos mansos nativos que jamás habían salido de la selva. Entonces, ¿por qué lo hacían ahora? ¿Quizá los curiosos nukak siguieron al campesino en cuestión hasta Calamar? ¿O tal vez llegaron allí por casualidad, mientras rastreaban una huidiza presa de caza? ¿O buscaban una ruta perdida hacia una zona ancestral, según juzgó un viejo colono que dominaba la lengua de los bara-makú, una tribu conocida? Lo cierto era que los preguntas se acumulaban y los recién llegados, obviamente, no hablaban una sola palabra en castellano, aunque sí un idioma semejante al bará-makú. Esto tendió el primer elemental puente entre personas defines del siglo XX y los nukak, enigmáticos habitantes de la Edad de Piedra, imprevistamente vivos aquí y ahora.
Un año después, el antropólogo argentino Gustavo Politis, profesor universitario e investigador independiente del CONICET, voló a Bogotá para dictar unos cursos y pronto le hablaron de esos indígenas de la boscosa región de confluencia de los ríos Guaviare e Ininda, primitivos allá lejos en el túnel del tiempo y nómades incontaminados hasta por otras etnias cobrizas del Amazonas. Politis no lo pensó dos veces y organizó una expedición, que no sería la última. Quise asomarme a su forma de vida, sus asentamientos, su subsistencia y movilidad, para esbozar un modelo de su conducta”, cuenta ahora a Conozca Más, en su laboratorio del Museo de La Plata. Aquel entusiasmo inicial derivó en una investigación consumada, y siete años después de su aparición en Calamar los nukak son materia de estudio y de asombro. Esto es lo que se sabe sobre ellos.
Hoy existirían apenas unos 400 o 500 nukak distribuidos en reducidos grupos en un jungla tropical lluviosa e impenetrable, una vasta tierra de nadie cuya periferia raramente visitan los blancos, y cuando lo hacen siempre se trata de narcotraficantes en busca de áreas apropiadas para sus cultivos ilegales (el agricultor antes mencionado bien pudo ser uno de éstos). Pero a pesar del aislamiento, Politis supuso que el comportamiento de los actuales nukak no podía ser una réplica exacta del de sus ancestros de hace miles de años, dado el desarrollo temporal verificable en toda civilización, incluso la más atrasada o conservadora. Sin embargo, las costumbres, técnicas, creencias y estética de esos serenos caminantes amazónicos parece no haber cambiado en absoluto, más allá del grado de evolución que ahora exponen. La limitada autonomía de los
nukak deja entrever los lejanos días en que se detuvieron históricamente, mientras nacían las primeras sociedades de América, basadas en todo lo que ellos aún rechazan o ignoran: la producción, las fronteras, el calendario y, en fin, la noción del tiempo y el espacio como referencia de vida (al menos, tal como lo entendemos nosotros).
Adanes y Evas de un paradisíaco almacén de sustento natural y gratuito, los nukak no necesitan trabajar -en un sentido de rendimiento o relación dependiente- ni comerciar mercancías o valores. Subsisten de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres, huevos de tortuga, miel y larvas de insectos tomados de los árboles, y a la vez muestran hábitos no anárquicos, como podría esperarse. La gran movilidad de los nukak respondería al imperativo de no excederse en la explotación de las áreas que circundan sus campamentos, según una sofisticada estrategia de manejo y utilización de los recursos selváticos, y también a la necesidad de promover encuentros entre bandas afines para intercambiar información, constituir parejas y efectuar rituales conjuntos”, explica Politis.
Es que la clave cultural de los nukak es su nomadismo, lo que significa que sus asentamientos son siempre transitorios y viven mudándose de un lado a otro, como mínimo una vez por semana durante la estación lluviosa y cada tres días en verano, incluyendo ocasionales picos de una sola noche. Así, pueden acampar en un lugar que abandonarán al amanecer o de pronto, como excepción, quedarse allí hasta veinte días, todo un récord de permanencia en un mismo destino. Y cada traslado implica levantar sus pertenencias y transportarlas a otro sitio, ya haya sido escogido o les sea aún desconocido. Las mujeres cuidan de sus hijos y cargan lo más pesado (ollas, vasijas, utensilios), y los hombres marchan más alivianados (con cerbatanas, lanzas y algún machete), cazando y recogiendo frutos, huevos o miel por el camino.
Los campamentos nukak no son multitudinarios. Están formados por apenas dos o seis viviendas, y la responsabilidad de levantarlos es específicamente masculina. Para hacerlo, limpian el sector y talan pequeños troncos con los que arman una estructura de postes y travesaños, y luego cuelgan sus chinchorros o hamacas de fibra trenzada. En época de lluvias -entre abril y noviembre, construyen techos de hojas de plátano sobre cada unidad familiar y dejan un radio seco para encender un fuego común. Allí cocinarán las mujeres su manjar predilecto: trozos de un mono al que los hombres cazan dos de cada tres días, en equipos que no pasan de cuatro individuos y sólo durante un par de horas. Con esto cubren su ración diaria de proteínas, entregando la simiesca cabeza a la familia del cazador cuya cerbatana abatió a la presa. También figuran en el menú el pecan y el caimán, a los que matan con largas lanzas, pero con una salvedad: sólo los consume el varón, ya que los nukak creen que esas carnes le ocasionan grave daño a la mujer, lo mismo que la de pato y otras aves acuáticas, que presuntamente la enflaquecen.
Así, la dieta nukak es la mejor vía de acceso a su mitología. Por ejemplo, no comen venado, perezoso, tapir y algunos peces y aves, porque notablemente, sus animales tabú son especies nocturnas, y la noche es el dominio de espíritus malignos que viven en ‘el mundo de abajo’, tercer nivel de la existencia según la concepcián nukak”, ilustra Politis. Los otros dos niveles serían la superficie de la tierra y el cielo o “mundo de arriba”. Y el ser humano no tendría un espíritu sino tres, que toman rumbos distintos al momento de la muerte: el principal asciende al paraíso y vive para siempre, el segundo va a “la casa del tapir” y sale de noche a comer los frutos de los árboles, y el tercero o nemep, un gran mono de enormes pies y poca inteligencia, se hunde en la selva profunda, pero de noche goza asustando a los vivos.
Como muchos habitantes cobrizos del Amazonas, los nukak conocen cientos de plantas medicinales, pero no tienen defensas orgánicas contra la gripe. Fabrican curare, letal veneno con el que emponzoñan los dardos de sus cerbatanas, pero deambulan en pequeños clanes sin jerarquias ni jefes diferenciados, hacen fuego frotando palitos, se cortan el pelo con mandíbulas de piraña y quedan boquiabiertos ante las ropas de los blancos, que ahora suelen tocar para convencerse de que no es otra piel. Así, hasta su “encuentro cercano del tercer tipo” en Calamar creían que la selva era eterna e infinita, y
ellos los únicos terrícolas. Para establecer una comparación: los nukak nada tienen que ver con los jíbaros ecuatorianos o peruanos, reducidores de cabezas e indómitos guerreros que vencieron al ejército inca en 1527 y al español en 1549, resistiendo ferozmente las evangelizaciones y el alcoholismo, aunque varios miles cayeran víctimas de un arma secreta: la tuberculosis, que en América mató dos veces mas gente que la barbarie nazi en toda Europa.
Es por esta razón biológica, más acuciante que la deformación típica del contagio de una cultura débil por otra fuerte, que a Politis -como a cualquier
antropólogo y ecologista serio- le preocupa la suerte de los nukak a partir de su irrupción en nuestro mundo. Esto, sin considerar su presunta reducción demográfica por el excesivo aislamiento, la baja expectativa de vida o algún ciclo de especie en vías de extinción.
Baste pensar que la selva sudamericana es, además de un edén natural y el gran pulmón de la Tierra, un ámbito de alta peligrosidad. Allí, en un silencioso instante, se puede morir de mordidas venenosas, de extrañas fiebres tropicales, devorado por peces carnívoros o al solo roce de un dardo disparado desde metros de distancia. Una rápida mirada a la región servirá para entender más y mejor dónde viven y qué puede esperarles a los amistosos nukak. La tupida Amazonia colombiana cubre más de la tercera parte del país y contiene el 53 por ciento de los ríos, el 54 por ciento de la fauna y el 73 por ciento de los bosques. La riqueza maderera es tanta que el mercado nacional es saciable con una tala del 5 por ciento anual, lo que a pesar de todo resulta ecológicamente irracional.
Además abundan los diamantes, metales y minerales radiactivos, el caucho y las plantas alucinógenas, los saltos de agua ideales para represas hidroeléctricas, las más finas pieles animales e increíbles paisajes para la explotación turística. Fundada en 1867, Leticia, ciudad del sur donde se unen Colombia, Ecuador y Perú, es la vanguardia “civilizada” en plena jungla: tiene un moderno aeropuerto, hoteles de lujo y telefonía celular por satélite. Se llama así en memoria del amor americano del conquistador español Francisco de Orellana: una nativa a la que bautizó Leticia.
Orellana descubrió el gran río al que llamó Amazonas en homenaje a las orgullosas mujeres de la selva. Y luego está Florencia, erigida por evangelizadores italianos en 1902 y nombrada capital en 1982, agresiva puerta comercial a los recónditos tesoros forestales sin dueño ni ley y túnel del tiempo en el que tribus milenarias como la nukak podrían perderse para siempre en pocos años, al igual que cientos de ignotas sustancias que podrían prevenir o curar el cáncer y -¿por qué no?, dicen no pocos farmacólogos- quizá hasta el sida. Tan simbiótico es el nomadismo nukak con su entorno que algunos de ellos, al volverse sedentarios en Calamar, contrajeron artrosis. ¿Principio o fin de su historia? Según los naturalistas, esta aculturación podría terminar en tragedia. Y sin necesidad de una guerra.

Revista Conozca Mas nro 88, por Raul Garcia Luna

En Aprender y Jugar se realizan aportaciones para estudios y juegos, como los siguientes temas relacionados con >El túnel del Tiempo – Conozca mas

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